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martes, 3 de abril de 2007

Esa tarde



Salimos de la comisaría tarde y un equipo de la policía guiado por el coronel Gallardo nos acompañó hasta casa. En el salón uno de ellos se encargó de pinchar el teléfono y el resto dio una vuelta por la casa para hacer un reconocimiento por cuestiones de seguridad. Mientras tanto el comisario Gallardo encendió uno de sus puros y se sentó en el butacón de mi padre mientras tomaba unas notas.


Yo estaba en medio de todo aquello y me sentí perdido en mi propia casa. Me pareció extraño ver tanto despliegue por la desaparición de mi padre, pero a su vez agradecí que se tomasen tantas molestias.
Me deslicé detrás del comisario para ojear sus notas sin ningún tipo de malicia. Tenía una lista con tres nombres uno de los cuales era el de mi padre “Julián Gómez Salgado, taxista”. Los otros dos no alcancé a leerlos.


-¿Ha habido más desapariciones?- Le pregunté.

- Ocúpate de tus asuntos- me dijo con un tono seco mientras se guardaba lentamente su libreta en el bolsillo y me miraba de soslayo.


Serían cerca de las diez de la noche cuando nos quedamos mi madre y yo solos en casa. Todos los policías se habían ido, excepto un par que se quedó en un coche en la calle por si les necesitábamos. Estábamos en el salón, ella en el sofá mirando al infinito con ojos hinchados y rojos. Yo estaba a su lado en un sillón. Empezó a hablar:


-Daniel cariño, no se que está ocurriendo, pero no es nada bueno. Cuando el comisario pronunció “Maemyete” algo dentro de mi tembló y me sacudió de una forma que ni yo misma puedo explicarme.-

-¿Y el comisario que te ha dicho?-

- El comisario no lo sabe.-

- Pero…-

- No me preguntes por qué hijo, porque no tengo una respuesta para eso- Me contestó mientras le temblaba la voz y miraba al techo intentando contener las lágrimas.

Le di un abrazo para transmitirle fuerza. Nunca en mi vida la había visto tan débil.

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