Había pasado ya un mes desde la desaparición. Por orden del comisario nos habían levantado la protección policial, dejándonos un número de emergencia al que dijeron que no dudásemos en llamar si ocurría cualquier cosa. Ni mi padre ni los secuestradores habían dado señales de vida, y la policía decía seguir investigando el caso, aunque nunca nos hablaron de sus avances.
Se podría decir que la vida había vuelto a la normalidad, pero sin mi padre en ella.
Al acabar el instituto recogí mis libros rápido como siempre para salir el primero y no tener que soportar las burlas y gracias de mis compañeros, que aprovechaban todos los instantes posibles para martirizarme. Por aquel entonces yo no era de carácter fuerte, y mi aspecto diferente no ayudó nunca a evadir los insultos por su parte. La genética de mi madre había hecho mucha mas mella en mí que la de mi padre. Al igual que ella yo tenía unos ojos gris claro, piel marcada por un ligero tono ceniza y un abundante pelo tan blanco como los copos de nieve antes de caer al suelo. En el colegio se reían de mí diciéndome que era “medio albino”, y aunque desde los trece años me venía tiñendo el pelo de color castaño eso no pareció nunca importar a quienes encontraron en mí el filón para sus mofas, porque yo ya era su presa aunque no existiese un motivo.
Justo antes de salir del aula uno de ellos, Javier Pereira, me agarró en plan colega por el hombro y me dijo:
- Espera pringao, que te acompañamos a la puerta-
Me quedé quieto y miré al suelo diciendo con voz débil -Tengo prisa-
- Da igual la prisa que tengas pringao, si estás con colegas- al acabar la frase miró a sus amigos y empezaron a reírse a mi costa.
Yo tragué saliva y aguanté el tipo, como solía hacer en esas ocasiones en que me sentía tan inseguro, era como si todo el mundo estuviese mirándome esperando ver como tropezaba.
Me acompañó ese séquito de siete capullos guiados por Pereira hasta la puerta del edificio riendo de forma grotesca mientras me señalaban gritando a la gente que estaba en el camino:
- ¿Habéis visto el grano que nos ha salido en el culo? – y como respuesta obtenían risas, no se si de miedo o de aprobación, pero la gente se reía, y eso a mi me dolía.
Ya estábamos en la puerta del instituto cuando vi una chica morena apoyada en una columna del patio de la salida. Llevaba una gorra sobre su pelo con mechas blancas y negras que caía hasta más allá de sus hombros. Estaba de perfil, leyendo, ajena al corrillo de chicos que estaba a un par de metros de ella silbando y piropeándola.
Por un momento me olvidé de donde estaba hasta que Javier Pereira volvió a gritar:
- ¡Ey! ¿Todo el mundo ha visto el grano de nuestro culo?-
En ese momento la chica cerró su libro de golpe y giró la cabeza clavándonos la mirada. Ella se empezó a reír negando con la cabeza mientras se acercaba contoneando sus anchos vaqueros y su ajustada camiseta blanca al ritmo de su cuerpo. Esa chica llamaba la atención por su singular belleza. Yo no era el único que observaba aquella escena. Lo supe porque, conforme se acercaba a nosotros, las risas de la gente se iban apagando atentos a su trayectoria. Bajé la mirada de vergüenza y miedo. Sentí que al no verla era como si de alguna manera me escondiese. Quise que la tierra me tragase.
Se acercó hasta Pereira a una distancia que dejaba de lado el espacio personal y le susurró al oído casi rozándole la oreja con los labios:
-Eres un chico malo.-
- ¿Ah, si?- respondió él mirándole a los ojos.
-Si, pero yo también puedo ser mala- Volvió a decir todavía más cerca de él haciendo un amago de acercase más a sus labios.
Yo levante la mirada y pude ver como él cerró sus ojos esperando un beso. Todo el mundo estaba en silencio, aunque yo oía palpitar mi corazón de miedo más fuerte que nunca.
Ella se apartó justo antes de tocarle y volvió a gritar
- ¿Habéis visto el grano que le ha salido en el culo?- dijo señalando a Pereira con aire desenfadado.
La gente permanecía en silencio desconcertada sin saber como reaccionar. Fue entonces cuando dijo.
- ¿Y no creéis que con esa cara que tiene llena de espinillas pustulentas debería bastarle como para andar dándonos detalles de lo que tiene por el resto del cuerpo?
Se oyeron risas aisladas, susurros de la gente, y la cara de Javier quedó tan desencajada que casi no se lo reconocía. La chica aprovechó el momento para acercarse a mí y darme un beso en la boca que me pilló tan de sorpresa como un cubo de agua helada.
Me abrazó seguidamente con sus brazos por detrás de mi cuello como si fuésemos íntimos y me dijo al oído tan bajo que solo yo pude oirlo:
- Sígueme la corriente. Tengo información sobre tu padre-
NOTA: Empieza a leer desde el principio si acabas de llegar
jueves, 5 de abril de 2007
Un mes más tarde
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