Recuerdo aquel día como si fuese hoy mismo. Yo tenía diecisiete años y estaba en el instituto. Serían cerca de las once de la mañana cuando el director vino a buscarme personalmente a mi clase. Yo no era esa clase de chicos que siempre se estaban metiendo en líos, y el hecho de no haber hecho nada malo me hizo asustarme más. Él me apretó el hombro y me miró con gesto compungido, pero no dijo nada en todo el camino que recorrimos a través de los eternos pasillos hasta llegar a la recepción, donde me esperaban un hombre y una mujer, ambos policías.
Yo no entendía nada.
El policía de pelo cano y mirada fría hizo un gesto a la chica, más joven y de mirada mucho más expresiva, quien se acercó hasta mi y con gesto cercano me agarró la mano y me dijo “Hola Daniel, soy el agente Elvira Suárez y tienes que acompañarnos a comisaría porque tu padre ha desaparecido y por el momento es mejor que estés bajo nuestra vigilancia”
Al llegar a la comisaría yo tenía miedo, pero no el tipo de miedo que se tiene de pequeño a la oscuridad, sino un miedo diferente y más puro de no saber qué está ocurriendo. Mamá también tenía miedo aunque no me lo dijese. Ella había pasado toda la mañana en aquel despacho de la comisaría del centro sometiéndose a las preguntas del comisario Esteban Gallardo. Nunca supe con certeza lo que se habló en aquella conversación, pero me bastaba saber que mi padre había desaparecido de madrugada en su taxi, que en el mismo habían dejado una nota con la palabra “Maemyete” y que había razones para pensar que mi madre y yo estábamos en peligro.
NOTA: Empieza a leer desde el principio si acabas de llegar
lunes, 2 de abril de 2007
El comienzo
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